Estas fotografías no tienen nada de artístico en cuanto a técnicas, posiciones o modelos, en realidad su única belleza, al menos así lo creo, es la imagen que reflejan y la carga de significación, que para mí, insisto, ha tenido durante los últimos cuatro años (entre 2007 y 2010).
La imagen de este árbol, cuyo nombre averigüé en algún momento y ahora no puedo recordar, ha tenido cientos de formas, algunas veces semejante a un pulmón enfermo y agujereado, otras a un corazón humano luchando por sobrevivir, otras tantas a un enorme palo seco a punto de caer, y nada más. Esta última imagen es seguramente la que tienen todos aquellos que transitan diariamente por la carretera Panamericana entre Guayabones y Arapuey (Estado Mérida), a quienes el paisaje les es más que cotidiano.
Él, el árbol, ha estado de pie, como un modelo fiel (ojalá que permanezca de este modo por algún tiempo más), esperando a que cualquiera pase elevando la mirada y note su presencia, poco imponente ya, a pesar de su tamaño, por el monte abundante del potrero donde habita.
Él, el árbol, entre los meses de octubre y diciembre se pone guantes de hojas verdes en las ramas inferiores, supongo yo que así disimula un poco esos accesorios que poco le lucen rodeándolo y enredándolo. Me refiero a los cables de luz y teléfono.
Fotografías y texto
Vanessa Márquez